Pasada la semana de haber llegado de viaje, una amiga me llamó para pedirme que la ayude con una tarea un domingo a la mañana. Ni bien le respondí que si, pensaba en que la noche anterior tenia un casamiento y realizar esta actividad sin dormir no me parecía una idea muy sustentable.
Llego el día y el lugar. Aun maquillada me encuentro con ella para hacer quien sabe que cosa.
Recibo los instructivos y la tarea se basaba en colaborar repartiendo unas viandas a los militantes del mismo partido político que venían a escuchar el discurso de la presidente.
Militancia, compañeros, Cristina Kirchner, no eran palabras familiares en mi vocabulario desinteresado políticamente y alejado de toda clase de participación social. De todos modos sabia que mi amiga precisaba de esa ayuda y dejando de lado mi escasa ideología política la ayude y permanecí realizando la tarea durante toda la mañana.
Volví a mi casa con mucho sueño y entusiasmada, en parte, porque supe que era una actividad que probablemente nunca volveré a hacer a menos que milite en algún partido, y que había sido una experiencia de esas que hacen de uno una persona completamente versátil. Debo confesar que a pesar de no compartir la pasión, sentí en el corazón esa energía que transmite la gente en masa unida por una misma causa, cualquiera que fuese.
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