Tenaun es un pueblo muy pequeño y
humilde que vive de la pesca. Las playas no son de arena sino que de piedra
tipo canto rodado y la marea sube y baja radicalmente dos veces al día. Eran
las doce y la noche estaba muy oscura y fría, se podían contemplar las
estrellas perfectamente porque no había ningún artefacto lumínico por muchos
kilómetros a la redonda. Con linternas frontales alumbramos el camino y allí
nos sentamos, en los bordes del bote a remo de Don Héctor que, como la marea
estaba aún baja, se encontraba encallado en la costa.
El color del mar era
increíblemente oscuro, parecía lustrado y se reflejaban en el horizonte las
luces de los barcos pesqueros. En el
profundo silencio de la noche, junto con la soledad venían las brisas húmedas
con un leve olor a algas marinas. Se escuchaba el suave saludo del agua sobre
las piedras de la costa, casi imperceptible, en este lugar el Pacifico le hace honor a su nombre; y
se escuchaba también el ruido de los motores de los barcos a lo lejos, como contándonos de que se trata la vida en alta mar, constante, adormecedor, hermoso.
Allí entendí para siempre que nunca lo olvidaría.
Allí entendí para siempre que nunca lo olvidaría.

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