Caminando por las calles de
Castro, Isla de Chiloé, República alargada de Chile, detengo a dos jóvenes con
aspecto de mochileros que vagaban por la avenida principal -‘Disculpen, ¿Tienen idea donde queda el camping?’- Yo tenía
que llegar a un camping específico, me encontraba ahí con un amigo que había
conocido días atrás.
-‘No, pero también estamos buscando un camping asique vamos
con vos.'- Dijeron. Llegamos al camping de noche, me encuentro con mi amigo y vamos a un bar a
encontrarme con otra amiga que había hecho en el viaje. En el patio del bar
quedaban restos de curanto al hoyo, comida típica de la zona, y buscando las
cholgas aún calientes dos chicos de aspecto guardaparquesco. Efectivamente,
eran guardaparques. Uno de ellos comenta
que al día siguiente iban a Tenaùn, ciudad más al norte de la isla, y yo tome
su teléfono ‘’por si llegamos a ir’’. No pensé que realmente lo haría.
Nos levantamos al día siguiente,
eran como las once y media de la mañana, a las doce salió el micro.
Llegamos, un pueblo sin otra cosa
que magia. Caminamos mil detestables metros por la playa con las mochilas hasta
llegar a un camping. ¿Para que queríamos un camping si teníamos kilómetros de
playa despoblada? Está bien, pero este era el camping de Don Héctor y así como
era su camping era el camping más lindo que vi en mi vida. No había nadie,
excepto nosotros cinco y Don Héctor que llego un poco más tarde con su bote a
remo.
Pasamos ahí dos días, la primera
noche fue muy fría. Después de que se apagara el clásico fogón donde
cocinamos salchichas alemanas decidimos ir a ver el mar. Caminamos dos metros y
ahí estábamos, mirando al mar… momento que describo en el siguiente texto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario