Nos levantamos temprano porque
queríamos aprender a mariscar y Don Héctor estaba dispuesto a enseñarnos. Me
entrego canastas, unas palas y un cuchillo. Realmente yo no tenía idea de que
se trataba mariscar, solo sabía que era el acto de colectar mariscos, pero toda
la vida creí que los mariscos se obtenían con red y que estaban en el fondo del
mar.
Caminamos con las canastas y las
palas y yo pensaba como íbamos a embarcarnos si no había ningún barco cerca…
‘’debemos ir con el bote a remo de don Héctor’’ Pensé. La marea estaba muy
baja, la costa ya no era de diez metros sino que de cien o ciento cincuenta.
Caminamos sobre las piedras resbaladizas hasta que don Héctor apoya su canasta
en el piso y con la pala hace un pequeño agujero en la arena gruesa... y allí
estaban las almejas. Y don Héctor agarra el cuchillo y saca algo de una roca, y
allí estaban los dulces... y las mini ostras, y los pibres, y guau... estaban
tan cerca los mariscos! Solo era cuestión de verlos. Al mediodía colocamos
todos nuestros tesoros en una hoya y almorzamos nada más que mariscos hasta
asquearnos.


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