sábado, 30 de mayo de 2015

Bienaventuranza eterna


Hay amigos que saben lo que me gusta y ya que no es muy difícil adivinarlo estoy rodeada de ese tipo de amigos. Una de ellos, cuya profesión es ser auxiliar de vuelo, me llama para preguntarme que haría la semana próxima. -Estoy libre.- Le digo. La realidad es que tengo que cursar, pero algo que vale la pena tener (o vivir) es algo por lo que vale la pena engañar, así que escucho su propuesta. Me gusta. 
Nos vamos. Mi condición de 'sublo' me lleva a estar sujeta a espacio, de todos modos quedaré siempre agradecida hacia aquella persona que gentilmente me ubicó en primera clase. Comienza el avance de la aeronave y veo a mi amiga dando las indicaciones de seguridad de la misma. Inmediatamente se me ocurrió que es muy poco frecuente, por mas cercano que fuera, que un amigo visite el lugar de trabajo del otro, el cual determina la mayor parte de nuestro tiempo semanal, y que constituye gran parte de nuestra vida. 
Llegamos al hotel Sheraton de la ciudad de Córdoba, muy lujoso acostumbrada a los hostels que transité durante el verano. Nos acomodamos, baño de inmersión, fernet, roomservice, y a dormir. Así disfrutamos dos espectaculares días, paseando por pueblos cercanos y visitando lo mas lindo que tiene Córdoba: sus ríos. 
A la vuelta nuevamente me ubican en primera clase. Hipnotizada con las luces de la ciudad desde arriba y con las ricas magdalenas que me sirvieron, mi amiga me llama: -Venì rápido-. Voy. -Pasà- Paso. Me deslumbro, ¡Estaba en la cabina!
Tantas veces soné con pilotear una aeronave, por mas chica y sencilla que fuera, que estar ahí tan cerca de todos esos botones y pantallas me enloquecía. No se que decir, no quiero distraer la atención de los pilotos y aprovecho el silencio para observar todo. Me considero una persona que sabe hacer diversas cosas y no saber como manejar un avión me pone nerviosa. De pronto anuncian el descenso,  el comandante coloca la aeronave en modo manual y en consecuencia suena una alarma que me trajo de un salto desde las nubes donde estaba soñando. A medida que nos acercamos a la pista de aterrizaje se puede apreciar el amanecer de un lado del cielo y del otro las luces de la ciudad que siguen aún prendidas porque el cielo no se ha iluminado todavía. 
-Five hundred- Dice una voz., y la distancia al suelo se hace cada vez mas chica -One hundred.....fifty...thirty..ten.- Aterrizamos.
Los flaps y los slats se levantan como la cola de un pavo real, producen un fuerte ruido a roce porque hacen esa presión contra el viento que nos recuerda que somos humanos y estamos atados a la tierra y a las velocidades moderadas, que al cielo solo podemos espiarlo, porque le pertenece a otros.

 Aterrizaje en el cockpit de un 737

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